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martes, 29 de abril de 2014

GASPAR, DE LAS CENIZAS DEL ANEXIONISMO A LA LLAMA INDEPENDENTISTA



Por José Gilberto Valdés
“Sin revolución, señores, no hay patria posible; no hay derechos posibles, ni virtudes, ni honor para los cubanos”


La otrora Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, con cinco siglos de existencia, es reconocida cuna de próceres independentistas y forjadores de la nacionalidad cubana. En el extenso listado de precursores de la liberación del yugo español se encuentra la figura de Gaspar Alonso Betancourt Cisneros, nacido el 29 abril 1803. 
El Lugareño, como se le conocía, constituye  uno de los ejemplos de la evolución política cubana antes de la asonada insurreccional de 1868, tanto como lo fue en la promoción de la cultura, la educación y el desarrollo de la economía en estas llanuras de la región centroriental de la Isla.
En el complejo tramado conspirativo contra el poder colonial español, se encuentra a Gaspar como parte de la comisión de criollos que en 1823 viaja de Nueva York al encuentro con Simón Bolívar, para interesarlo en la liberación de Cuba. Aunque no se concretó el proyecto, sin dudas esas gestiones fortalecieron el pensamiento revolucionario de un joven de 20 años de edad.
Una decena de años después regresa a su tierra natal, donde despliega una personalidad hiperactiva como periodista en la Gaceta de Puerto Príncipe,  fundador de escuelas -entre ellas la primera de Nuevitas- y otras obras altruistas, en colaboración de  su amigo el Padre Valencia.
El proyecto de su vida fue la construcción del ferrocarril desde Puerto Príncipe a la  bahía de
Nuevitas -el segundo de la Isla –, el cual constituyó un importante aporte al traslado de mercancías y las comunicaciones en el territorio.
En 1846 por exigencias del gobierno español se vio obligado a salir de Cuba. La primera escala de su destierro es en los Estados Unidos, donde fue presidente de la Junta Cubana de Nueva York y funda el periódico La Verdad, desde donde defendió ideas anexionistas, hasta que de ellas solo quedaron oscuras cenizas.
Durante su estancia en el país norteño, El Lugareño se percató de las intenciones humillantes del Comité de Relaciones Exteriores del Senado Norteamericano acerca de Cuba, y de inmediato hace saber  públicamente su enérgico rechazo a que la Isla se vendiera como una pobre mercancía. Antes de partir para Europa en octubre de 1856, reitera su nuevo credo independentista cuando afirma que la patria ha de levantarse como una antorcha viva de entre el lodo y la sombra del coloniaje.
Amparado por una amnistía, regresa a Cuba y fallece en La Habana el 7 de diciembre de 1866. La muerte de Gaspar Betancourt Cisneros fue objeto de muestras impresionantes de admiración y respecto. Cuando su cadáver  arriba a la estación de ferrocarril en Puerto Príncipe se produce una reverencia popular con evidentes reflejos de las ideas revolucionarias que prevalecían en la región.
Salvador Cisneros Betancourt, Eduardo Agramonte Piña y Rafael Rodríguez Agüero depositan dentro del féretro una copia de la constitución de la Junta Revolucionaria del Camagüey, firmada por hacendados e intelectuales, junto a una bandera de la estrella solitaria.
Era el reconocimiento al hombre que había apagado las ideas anexionistas, al proclamar “Sin revolución, señores, no hay patria posible; no hay derechos posibles, ni virtudes, ni honor para los cubanos”.
Apenas dos años después de la muerte de El Lugareño, el Camagüey resultaba uno de los principales escenarios de la lucha insurreccional  contra la colonia española.  

Fuentes:
 Dr. Cs. Luis Álvarez Álvarez: El Lugareño
MSc. Elda E. Cento Gómez: La insurrección de todos

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