martes, 15 de septiembre de 2015

Monjas, sacerdotes y yo

Por José Gilberto Valdés Aguilar
 En una libreta de notas con cubiertas de cartón y tela roja, mamá relacionaba los principales

acontecimientos de la vida de mis dos hermanas y yo. Ahí está la fecha de nacimiento, hace 65 años, en la ciudad de Camagüey, y una primera observación: “las monjitas (Convento de las Ursulinas) le regalaron las primeras baticas, medias…”. A través de estas amigas de doña Bella –Isabel- tuve el primer contacto con la iglesia católica.
A la altura de las actuales reflexiones en la sociedad cubana, me crié en una familia de trabajadores con mestizaje de creencias religiosas, desde la preferencia de mi papá Juan por el espiritismo hasta la católica tía Carmen,  la difusa historia de una pariente monja, y el secreto develado ya adulto sobre la masonería de tío Elpidio.
En el año 1961, mis dos hermanas me matricularon en la Escuela de Artes y Oficios, regida por curas salesianos, para corregir lo que en latín y español se conoce como disciplina. Buen intento, pobre paciencia de los sacerdotes. Allí hice la primera comunión, pero en modo alguno aprendí la liturgia de la misa, me entretenía y, por tal razón, acumulé casi un record de pescozones.
En fin, siempre he profesado el respeto mutuo con los católicos desde la adolescencia, aun con la provocada  diáspora familiar y de amistades, reacciones adversas y errores de uno y otro lado. Tampoco he dejado a un lado la costumbre familiar de que las primeras hembras se llamen Bárbara. ¿Se imaginan cuando se reúnen?
Como un símil de  la conocida parábola de las misteriosas huellas en las arena, hay otras anécdotas que contar. A mediados de los años setenta, ya casado  con Elia María, de credo católico, acudí a una boda en la que conocía a pocos invitados. Me acerqué a un señor que también blandía un vaso de cerveza. En el momento de presentaciones, al apreciar una cruz en la solapa del saco dije:
--Usted es una persona muy religiosa.
-- Sí, yo soy Pepito, el sacerdote de la iglesia de la Caridad.
-- Bueno, somos tocayos, así me llaman mis colegas del periódico ADELANTE.
Fue una amena conversación, sin disquisiciones filosóficas, pero marcó un sello de amistad.
En febrero o marzo de 1976, recibí en la selva angolana una carta de mi esposa con el curioso relato sobre como Pepito la había ayudado con su escarabajo VW a llevar a mi hijo Gilberto a la policlínica. Al indagar por mí, pues no me veía ni leía, ella le contestó que yo no estaba en Camagüey.

 En una segunda oportunidad, en similares condiciones, repitió la pregunta y tras igual respuesta, afirmó: “Ah, es de los cubanos que están en Angola…”. Agregaba la misiva que el siguiente domingo, según le contó una vecina, el sacerdote causó asombro entre los feligreses cuando dedicó la misa a los combatientes internacionalistas en África, “en especial a José, un amigo de la iglesia…”
Pasados par de meses, al regresar desde el punto fronterizo al sur de la localidad angolana Pereira de Eca (Ongiva), con una patrulla de exploración tomé el camino hacia la iglesia católica marcada en el mapa. Estaba habitada. Me presenté ante el cura blanco con la conocida frase en latín “dominus vobiscum”.
--No sé si decir  “Et spiritu tu”, dudó mi interlocutor.
--¿Por qué?
 --“Por lo que dicen de los cubanos…”, respondió el misionero de origen suizo.
Humo de tabacos por medio, el intercambio fue esclarecedor. Como resultado una ayuda nuestra con combustible para el templo, y la presencia de muchachas de la diócesis como auxiliares en el  hospital acondicionado por  médicos de la tropa cubana  para militares y civiles. Posteriores visitas fueron menos tensas.
Años después, en una esquina  de las enrevesadas calles de la ciudad de Camagüey  me encontré con Roberto, compañero del Instituto Agrícola y el Servicio Militar Obligatorio. A las mutuas preguntas de qué has hecho, yo dije que me había graduado de periodista, mientras él había estudiado teología. Ahora sí. Tenía un buen amigo sacerdote, quien soportó sonriente  mis bromas.  Parecía una ironía aquella ocasión en la que tocó a la puerta de mi casa para anunciarme, más o menos, que había dejado colgado el hábito en un clavo. Mantiene su devoción católica, ahora junto a la linda y amorosa familia que fundó. 
Como periodista de Televisión Camagüey formé parte del centro internacional de prensa en la visita pastoral del Papa Juan Pablo II a esta ciudad el 23 de enero de 1998, ante más de 200 mil personas. Durante cinco días, el Sumo Pontífice también ofició misa en La Habana, Santa Clara y Santiago de Cuba, donde coronó la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre.
Otra experiencia profesional con la iglesia católica, devino la cobertura en INTERNET en torno al entusiasmo en la acogida de los cubanos al Papa Benedicto XVI (marzo del 2012).
Ahora, corren los días de septiembre del 2015. Se acerca la hora del arribo el 19 del Papa Francisco, quien hizo de puente en el  restablecimiento de las relaciones diplomáticas de Cuba con los Estados Unidos. Familias de creyentes y no creyentes  se disponen a unir voluntades en el recibimiento al nuevo amigo. Yo también estaré presente, en la red de redes, para agregar una nota a mis historias de monjas y sacerdotes.

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