domingo, 10 de mayo de 2015

VAMOS A VER A LOS RUSOS

Rusia exhibió además su moderno armamento, como el Tanque Armata T-14, considerado uno de los más potentes del mundo,y los misiles balísticos intercontinentales de cerca de 50 toneladas.
Por José Gilberto Valdés
El canal Multivisión, de la Televisión Cubana, transmitía el desfile militar en la Plaza Roja  de Moscú para celebrar los 70 años de la victoria sobre el fascismo, mientras a un televidente recurrían  imágenes, como flashbacks,  de encuentros cercanos con rusos durante su niñez, adolescencia y adultez. 
 A inicios  de los años sesenta, Camagüey no había cambiado su imagen de villa apacible. Con la porfía de un niño de diez años, una y otra vez repetía al padre, que quería ver a los rusos. Una novedad en la añeja ciudad de la región oriental de la Isla. Algunas cosas ya se veían distintas a aquellos personajes distorsionados de los muñequitos (comics) “Halcón Negro” – en español con colores yanquis- y que ya no era una broma pesada  pintar una hoz y un martillo en la pared.
Al fin venció la insistencia. Ambos, padre e hijo, caminan hasta el reparto Garrido, colindante con el Casino Campestre, el mayor parque urbano de la Isla. En el patio de una gran edificación,  un grupo de jóvenes de piel blanca, muy blanca, sudaban bajo el intenso calor tropical, mientras juegan volibol.  En la verja que rodea el lugar, los visitantes tratan de descifrar el raro lenguaje. Se anotó un tanto y varios de los jugadores obsequian una sonrisa y saludo de manos agitadas en el aíre. ¿Para ellos también somos extraños?
 Un soldado cubano de una veintena de años de edad se acercó respetuosamente, y tras un “por favor” agrega que es una zona militar, no puede haber civiles. El padre asintió con la cabeza y toma de la mano al hijo que se aleja mirando atrás por sobre el hombro: por fin había visto a los rusos.

Aledaño al lugar, existe ahora una escuela. Una tarja a la entrada recuerda que allí radicó la jefatura soviética en Camagüey que envió la orden de derribar un avión U-2 que violaba el espacio aéreo oriental de Cuba, el sábado 27 de octubre de 1962. (1)
Los encuentros con los rusos tienen un segundo momento para el niño ya adolescente  en el instituto técnico de agronomía, en las afueras de la ciudad de Camagüey. Un ingeniero de la fábrica de tractores MTZ de una república soviética se encargaría de preparar a un grupo de alumnos en la  mecanización agrícola.
 “Está medio loco” afirmaban los becados seleccionados  mientras lo veían traer motores y otras partes de tractores en desusos, los cuales seccionaba con la llama de un soplete. Al concluir el trabajo con la antorcha, los pintó de distintos colores y por medio de un motor eléctrico acoplado hacía funcionar  pistones, caja de velocidades…
La base material de estudio estaba lista, sin embargo molestaba a los becados que mientras ellos trajinaban los equipos hechos una “bola de grasa prieta”, el profesor trabajaba con una camisa  blanca de mangas largas doblada hasta los codos y solo se embarraba las manos que enseñó a limpiar con arena.
El protocolo terminó cuando una bola de tela con grasa voló por el techo del taller hasta la espalda del soviético. En mala hora. Azuzaron  un panal de avispas. Muchas veces las sonrisas escandalizaban  al taller, cuando un “proyectil”  encontraba un objetivo.
Los que pasaron el curso aprendieron con profundidad la reparación y mantenimiento de equipos. Quemaron pestañas por las exigencias del estudio, pero no podían llegar a más 90 puntos, pues tendrían que “saber más que el profesor y él era ingeniero mecánico”.
Años después, el niño ya adulto apertrechado de la ideología marxista-lenilista, coincide con asesores soviéticos en una de las epopeyas del internacionalismo en África. ¡Cuántas cosas de contar del trabajo en conjunto, donde ninguno de los cubanos hablaba ruso y mucho menos ellos el español! A una mezcla de inglés, señas y el idioma local se unían las experiencias en la preparación combativa para recalificar en breve plazo a las brigadas de soldados.
El jefe de ellos era uno de los huérfanos de la Gran Guerra Patria (2) acogidos por el Ejército Rojo, encargado desde entonces de su educación. En todo momento, los isleños percibieron altos valores de amistad y el respeto, expresados de múltiples maneras, hasta preparar un almuerzo dominguero con una ponina de las provisiones de ambos grupos y un improvisado cocinero cubano.
El principal oficial ruso “tenía sus ocurrencias”, como se dice acá en la Mayor de las Antillas. Una vez convocó para una demostración en el polígono de tiro a las seis de la mañana.  Otra vez, los cubanos ensillaron el caballo mucho más temprano, como el popular cuento costumbrista: a las cinco  estaban en el lugar de la cita. Por alguna razón, se hace el comentario de lo sucedido. “Yo ordené a las seis” fue la repuesta, entre sonrisas.
En otra ocasión, durante una clase metodológica, marcaba con una vara sobre el suelo el esquema de la ofensiva de un batallón,  “cuando realizan el asalto a las posiciones enemigas apuran el paso y gritan ¡Huuurraaaaa!”. Él también lo hizo a viva voz y se lanzó literalmente a la carga sobre los dibujos con el trozo de madera simulando un fusil a la altura de la cadera. Los isleños y combatientes africanos intercambiaron miradas de asombro. Poco después, se supo que las tropas preparadas cumplieron con éxito las misiones.
Desde la primera vez que el niño cubano vio a los rusos, la vida le reservó muchas oportunidades de apreciar bien de cerca el sentido de solidaridad, de humanidad, que vibra en los pechos de las hermanas y hermanos del inmenso país europeo. Los sucesos en todas las épocas, en modo alguno, se pueden olvidar con el paso del tiempo.
(1)    http://www.juventudrebelde.cu/cuba/2007-10-27/confesiones-del-militar-sovietico-que-derribo-el-avion-u-2-durante-la-crisis-de-octubre-de-1962/
(2)    http://www.cubadebate.cu/opinion/2015/05/07/a-70-anos-de-la-victoria-sovietica-sobre-el-fascismo/#.VU5_wPDXDZ4

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