lunes, 13 de febrero de 2017

Juana la cubana



Por José Gilberto Valdés Aguilar

Por estos días de celebraciones de los 503 años de la otrora Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, hay razones para pensar en la herencia aborigen en nuestro vocabulario desde cuando Cristóbal Colón quería que la gran isla se llamara Juana. La conquista española en modo alguno pudo cambiar  la denominación taína de Cuba, que significa la “tierra grande, bien sembrada”.

“Canoa es una barca en que navegan, y son de ellas grandes y de ellas pequeñas”. Esa fue la primera palabra autóctona que el Almirante inscribió en su cuaderno de viaje el día 26 de octubre de 1492.


En las tierras descubiertas de nada sirvieron los intérpretes en latín, griego, árabe, arameo y hasta tártaro, pues se interpusieron numerosas islas y todo un continente en la supuesta ruta hacia las prometedoras tierras Cipango (Japón) ni al Catai-Mangui (China).

 La historia de la población aborigen de Cuba, en los tiempos de la conquista hispánica puede realizarse a partir de dos fuentes principales, tanto la historia escrita (Fray Bartolomé de las Casas, Diego Velásquez y otros testigos de la época) y la arqueología, las cuales ofrecen una importante información acerca de los primeros pobladores del archipiélago cubano.

Los castellanos que llegaron a las Antillas, desde el primer momento quizás por señas o dibujos, promovieron la mezcla de los idiomas y dejo de ser tan materna la lengua española en los nuevos territorios conquistados. Por necesidad, construyeron las primeras viviendas y hasta iglesias con paredes de tabla o de yagua y techo de guano que siguieron el patrón de los bohíos, habilitados con butacas. Además de emplear el catauro y jabucos tejidos de yarey.

En el entorno los colonizadores se relacionaron con objetos y productos indígenas hamaca, bohío, tabaco, cacique,  tiburón, maraca, huracán, jején… Del ají, el Almirante dice que “es su pimienta”,  aunque se suman otros alimentos como casabe, boniato, papaya,  manatí, iguana, caimán, yuca… Aprendieron hasta las curas con plantas medicinales.

Los camagüeyanos celebramos las tradicionales fiestas del San Juan, con la elaboración de un caldo de carnes y viandas, que nombramos con orgullo ajiaco, una palabra originaria de los taínos, con similar receta culinaria.

En su andar con la villa principeña al hombro por interior del territorio, en busca de buenas tierras y bienvenida de locales, los colonos se  establecieron finalmente  entre los ríos Tínima y Hatibonico. La zona era conocida por el topónimo Camagueybax. No fue hasta el año 1903 que el asentamiento original asume la variante de nombre indígena de Camagüey.

Fue precisamente un camagüeyano, Don Felipe Pichardo Moya (1892), abogado, periodista, profesor y poeta, uno de los más destacados en el estudio de la historia de los aborígenes de Cuba.

"Nuestros orígenes -según sus palabras- son también indios y no exclusivamente castellanos o negros, como se pretende imponer".

El periodista camagüeyano Roberto Funes Funes destaca que las tesis de Don Pichardo se confirman en los miles de vocablos indígenas que enriquecieron definitivamente el Español de Cuba, que están al uso en topónimos --casi en toda la Isla--, sustantivos, alimentos, etcétera… El exterminio o el aniquilamiento, no fue tan radical al menos en el abundante préstamo  del léxico indocubano al lenguaje cotidiano de los tiempos actuales.













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