viernes, 11 de noviembre de 2011

Ignacio Agramonte en el campo insurrecto


Por José Gilberto Valdés
josegvaldes@gmail.com

En la parte oriental de la Isla, Carlos Manuel de Céspedes había iniciado a principios de octubre de l868 la lucha armada contra la metrópoli española. La noticia del alzamiento anticipado, para evitar la reacción de las fuerzas gubernamentales, sorprendió a los conspiradores camagüeyanos. Uno de sus líderes, Salvador Cisneros Betancourt, Márquez de Santa Lucía, se encontraba en La Habana, mientras que el joven abogado Ignacio Agramonte y otros criollos de buena ley estaban en la añeja Villa de Santa María del Puerto del Príncipe en las coordinaciones para el recibimiento de un embarque de fusiles y municiones para el levantamiento armado.
Los primeros días de noviembre se multiplican las reuniones conspirativas de los criollos. Conocen el cargamento de fusiles enviados por el Gobierno al puerto de Nuevitas, en la costa norte, para reforzar a la tropa española. Deciden asaltar al tren que las transportaría. El Camagüey entró de lleno en la guerra el 4 de noviembre.
Algunos historiadores, como Mary Cruz de quien tomé referencias en su libro "El Mayor", describen que por esa fecha la ciudad parecía deshabitada. En el convento de la Merced, en el centro de la localidad, se instalan las fuerzas ibéricas. Una batería de artillería apuntaba a las calles Mayor y Candelaria. Ese improvisado campamento militar estaba, precisamente, situado frente a la casa de los padres de Agramonte, quien había permanecido clandestinamente en el poblado para asegurar los trabajos de la Junta Revolucionaria.
Al tener noticias de la orden de su detención, Ignacio junto a su hermano Enrique y un criado de la familia, marchan hacia el ingenio Oriente, situado al oeste del territorio, cerca del poblado de Sibanicú.
Ya estaba, al fin, junto a la exigua tropa insurrecta como un soldado más, vistiendo una camisa roya rayada de negro. Tiene 27 años. Era alto, delgado. Su voz clara y firme, modelada según el efecto del discurso. Exaltado su apasionado fervor por le épico, se le recuerda recitando los versos marciales del “Canto del Cosaco” de Espronceda:
¡Hurra, a caballo, hijos de la niebla, Suelta la rienda, a combatir volad!
¿Estaba del soldado preparado para la lucha? Cualquier afirmación sería especular en temas históricos, pues nunca dijo cuáles eran los objetivos de las lecciones en el manejo de la espada y florete, y el entrenamiento en el gimnasio durante sus años estudiantiles. También hay que tener en cuenta que durante su permanencia en Barcelona, el adolescente había presenciado realidades en una de las ciudades más progresistas de España, y por tal razón, ya en Cuba, sus puntos de vistas coincidían más con aquella mayoría de residentes en la Isla que se consideraba diferente al “español”.
Como parte de la tropa insurrecta muy pronto demostró sus dotes de dirigente, cuando en una reunión en el Paradero de Minas, el 26 de noviembre de 1868, enfrenta a un grupo de sumisos a la metrópoli española. Agramonte replicó: “Basta ya los cabildeos….Cuba no tiene más camino que conquistar su redención, arrancándosela a España por la fuerza de las armas”.
Ignacio Agramonte no abandonó en ningún momento el único camino decoroso en la lucha por la independencia de Cuba, en la que asciende además como disciplinado jefe militar, organiza una caballería de centauros armados de rifles cortos, machetes, que se convirtió en orgullo entre los revolucionarios y temor para el enemigo.
El mayor general cayó el quinto año de la guerra independentista, víctima de su patriótica osadía, cuando el 11 de mayo de 1873, organizaba el combate a una columna de soldados españoles en los potreros de Jimaguayú, al sur de la ciudad de Camagüey.

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