Por José Gilberto Valdés
josegvaldes@gmail.com
Las primeras luces del día sorprendieron a los habitantes de la ciudad de Camagüey, en la región centro oriental de la Isla de Cuba, que dirigían sus pasos a rumbos distintos a centros laborales, las escuelas o las universidades. La Patria los había convocado a una mañana distinta, a otra jornada histórica en los casi cinco siglos de la villa.
Cuatro columnas humanas convergieron en el Casino Campestre, el mayor parque urbano del país. Los acompañaban una sola razón: alzar enérgica y virilmente sus puños y voces contra la injusticia de un imperio y sus acólitos vendepatrias.
Hoy es un día triste, pero de reafirmación revolucionaria.
La presencia de tantas caras jóvenes, lleva a la conclusión de muchos de los asistentes en la multitudinaria concentración de camagüeyanos no habían nacido hace 35 años, cuando una noticia penetró muy hondo en el corazón de los hijos de la Mayor de las Antillas. El 6 de octubre de 1976, manos criminales de la mafia anticubana radicada en los Estados Unidos habían organizado y hecho explotar en el aire una nave de Cubana de Aviación, con 73 civiles a bordo – tripulantes, deportistas, estudiantes, técnicos, amigos –frente a las costas de la isla caribeña de Barbados.
No es cuestión de asombro. Esta juventud de hoy, como las generaciones antecesoras, se ha forjado en el crisol de la lucha. No han podido doblegarnos. Estamos orgullos de nuestra soberanía e independencia. Tenemos una Revolución victoriosa en nuestras manos.
Una suma de razones, permite rendir honor a todos los caídos en 50 años de lucha, hoy, en el Día de las Víctimas del Terrorismo de Estado.
Bien sabe el pueblo norteamericano cuánto dolor causa la multiplicación por mil de las víctimas de un acto terrorista, desde el fatídico 11 de septiembre con el ataque terrorista a la Torres Gemelas.
Poco saben, sin embargo, de los por qué un pueblo indignado reclama justicia para sus verdugos, terroristas confesos, que durante cinco décadas han provocado la muerte a más de ocho mil cubanos, y aun caminan por las calles de Norteamérica sin el merecido castigo.
NOTAS ACLARATORIAS, TOMADAS DE LA AGENCIA DE INFORMACIÓN NACIONAL
1976: Terror ante las costas de Barbados
“Las manos asesinas de los venezolanos Hernán Ricardo y Freddy Lugo colocaron las cargas mortíferas en el avión y luego lo abandonaron.
….
“Otras mentes siniestras concibieron el hecho hasta el mínimo detalle: las de Luis Posada Carriles y Orlando Bosch Ávila. … siempre se vanagloriaron de su participación y gozaron, con total impunidad, del amparo cómplice de las autoridades de EE.UU.
“Freddy Lugo, tras cumplir 17 de los 20 años a que fue condenado por este hecho, declaró al rotativo estadounidense The New York Times, que él fue solo "un peón en las maquinaciones de exilados cubanos".
“La periodista venezolana Alicia Herrera, autora de un libro sobre aquel nefasto suceso, cuyos testimonios hoy tienen plena vigencia, dejó en letras impresas, para la posteridad, una frase que le dijera Hernán Ricardo, la cual encierra todo el cinismo, la prepotencia y falta de humanidad de los culpables: “Pusimos la bomba. ¿Y qué?”.
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jueves, 6 de octubre de 2011
sábado, 11 de septiembre de 2010
Acepto, otra vez, la invitación de Silvio Rodíguez
Por José Gilberto Valdés
valdes@tvcamaguey.icrt.cu
Acepto la invitación. Silvio, la razón es que siempre te he visto a mi lado en los caminos de la Revolución, junto al siempre Comandante en Jefe Fidel Castro, desde que irrumpiste en el acontecer musical cubano con el grupo de experimentación sonora, con el “O
jalá” y “La era está pariendo un corazón”. Cuando a mediados de 1976, en una ciudad del sur de Angola, recién retirados los invasores sudafricanos, nos reforzaste el espíritu con tus canciones. Pienso ahora que la Revolución como Prometeo llevó la luz a las tierras africanas, en aquellas ocasiones como combatientes, ahora como profesionales de la salud, ingenieros, educadores, asesores de todo tipo. Ahí conocí por primera vez la canción “El necio” y la recuerdo cada vez que identifico un “cambiacasacas”, a uno de esos peligrosos extremistas revolucionarios que calificaba Lenin como oportunistas, a unos de esos que miramos con recelos y pensamos, ca… podré compartir la trinchera con fulano…, a quienes quieren echar mierda a la obra de la Revolución, que en su momento oportunidad los hizo hombres y mujeres, aun en medio de los contratiempos del bloqueo al quehacer económico de nuestro país. Contra ellos también lucharon no con la violencia sino con la inteligencia, esos cinco cubanos que sufren injusta prisión en cárceles de los Estados Unidos, por el solo delito de impedir el terrorismo, esa plaga contra la quien también dice luchar el gobierno norteamericano. Me aprecia sobremanera que mis dos hijos coleccionen tus canciones, como muchos hijos rebeldes de la América: de hecho aceptan una idea, también tu invitación, como miles, millones de cubanos.
A quienes me leen, propongo tu artículo extraído de Cubadebate, quienes gentilmente colocan un boletín cada día en mi correo electrónico.
INVITACION
Creo que la Revolución Cubana dignificó a nuestro país y a los cubanos. Y que el Gobierno Revolucionario ha sido el mejor gobierno de nuestra Historia.
Sí: antes de la Revolución La Habana estaba mucho más pintada, los baches eran raros y uno caminaba calles y calles de tiendas llenas e iluminadas. Pero ¿quiénes compraban en aquellas tiendas? ¿Quiénes podían caminar con verdadera libertad por aquellas calles? Por supuesto, los que “tenían con qué” en sus bolsillos. Los demás, a ver vidrieras y a soñar, como mi madre, como nuestra familia, como la mayoría de las familias cubanas. Por aquellas avenidas fabulosas sólo se paseaban los “ciudadanos respetables”, bien considerados en primer lugar por su aspecto. Los harapientos, los mendigos, casi todos negros, tenían que hacer rodeos, porque cuando un policía los veía en alguna calle “decente”, a palos los sacaban de allí.
Esto lo vi con mis propios ojos de niño de 7 u 8 años y lo estuve viendo hasta que cumplí 12, cuando triunfó la Revolución.
En la esquina de mi casa había dos bares, en uno de ellos, a veces, en vez de cenar, nos tomábamos un batido. En varias ocasiones pasaron marines, cayéndose de borrachos, buscando prostitutas y metiéndose con las mujeres del barrio. A un joven vecino nuestro, que salió a defender a su hermana, lo tiraron al suelo, y cuando llegó la policía ¿con quién creen que cargaron? ¿Con los abusadores? Pues no. A patadas por los fondillos se llevaron a aquel joven universitario que, lógicamente, después se destacaba en las tánganas estudiantiles.
Ahí están las fotos de un marine meando, sentado en la cabeza de la estatua de Martí, en el Parque Central de nuestra Capital.
Eso era Cuba, antes del 59. Al menos así eran las calles de la Centrohabana que yo viví a diario, las del barrio de San Leopoldo, colindante con Dragones y Cayo Hueso. Ahora están destruidas, me desgarra pasar por allí porque es como ver las ruinas de mi propia infancia. Lo canto en “Trovador antiguo”. ¿Cómo pudimos llegar a semejante deterioro? Por muchas razones. Mucha culpa nuestra por no haber visto los árboles, embelesados con el bosque, pero culpa también de los que quieren que regresen los marines a vejar la cabeza de Martí.
Estoy de acuerdo en revertir los errores, en desterrar el autoritarismo y en construir una democracia socialista sólida, eficiente, con un funcionamiento siempre perfectible, que se garantice a sí misma. Me niego a renunciar a los derechos fundamentales que la Revolución conquistó para el pueblo. Antes que nada, dignidad y soberanía, y asimismo salud, educación, cultura y una vejez honorable para todos. Quisiera no tener que enterarme de lo que pasa en mi país por la prensa de afuera, cuyos enfoques aportan no poca confusión. Quisiera que mejoraran muchas cosas que he dicho y otras que no.
Pero, por encima de todo, no quiero que regrese aquella ignominia, aquella miseria, aquella falsedad de partidos políticos que cuando tomaban el poder le entregaban el país al mejor postor. Todo aquello sucedía al tibio amparo de la Declaración de los Derechos Humanos y de la Constitución de 1940. La experiencia pre-revolucionaria cubana y la de muchos otros países demuestran lo que importan los derechos humanos en las democracias representativas.
Muchos de los que hoy atacan la Revolución, fueron educados por ella. Profesionales emigrados, que comparan forzadamente las condiciones ideales de “la culta Europa”, con la hostigada Cuba. Otros, más viejos, quizá alguna vez llegaron a “ser algo” gracias a la Revolución y hoy se pavonean como ideólogos pro capitalistas, estudiosos de Leyes e Historia, disfrazados de humildes obreros. Personalmente, no soporto a los “cambiacasacas” fervorosos; esos arrepentidos, con sus cursitos de marxismo y todo, que eran más papistas que el Papa y ahora son su propio reverso. No les deseo mal, a nadie se lo deseo, pero tanta inconsistencia me revuelve.
La Revolución, como Prometeo (le debo una canción con ese nombre), iluminó a los olvidados. Porque en vez de decirle al pueblo: cree, le dijo: lee. Por eso, como al héroe mitológico, quieren hacerle pagar su osadía, atándola a una remota cumbre donde un buitre (o un águila imperial) le devore eternamente las entrañas. Yo no niego los errores y los voluntarismos, pero no sé olvidar la vocación de pueblo de la Revolución, frente a agresiones que han usado todas las armas para herir y matar, así como los más poderosos y sofisticados medios de difusión (y distorsión) de ideas.
Jamás he dicho que el bloqueo tiene toda la culpa de nuestras desgracias. Pero la existencia del bloqueo no nos ha dado nunca la oportunidad de medirnos a nosotros mismos.
A mí me gustaría morir con las responsabilidades de nuestras desdichas bien claritas.
Por eso invito a todos los que aman a Cuba y desean la dignidad de los cubanos, a gritar conmigo ahora, mañana, en todas partes: ¡Abajo el bloqueo!
valdes@tvcamaguey.icrt.cu
Acepto la invitación. Silvio, la razón es que siempre te he visto a mi lado en los caminos de la Revolución, junto al siempre Comandante en Jefe Fidel Castro, desde que irrumpiste en el acontecer musical cubano con el grupo de experimentación sonora, con el “O
jalá” y “La era está pariendo un corazón”. Cuando a mediados de 1976, en una ciudad del sur de Angola, recién retirados los invasores sudafricanos, nos reforzaste el espíritu con tus canciones. Pienso ahora que la Revolución como Prometeo llevó la luz a las tierras africanas, en aquellas ocasiones como combatientes, ahora como profesionales de la salud, ingenieros, educadores, asesores de todo tipo. Ahí conocí por primera vez la canción “El necio” y la recuerdo cada vez que identifico un “cambiacasacas”, a uno de esos peligrosos extremistas revolucionarios que calificaba Lenin como oportunistas, a unos de esos que miramos con recelos y pensamos, ca… podré compartir la trinchera con fulano…, a quienes quieren echar mierda a la obra de la Revolución, que en su momento oportunidad los hizo hombres y mujeres, aun en medio de los contratiempos del bloqueo al quehacer económico de nuestro país. Contra ellos también lucharon no con la violencia sino con la inteligencia, esos cinco cubanos que sufren injusta prisión en cárceles de los Estados Unidos, por el solo delito de impedir el terrorismo, esa plaga contra la quien también dice luchar el gobierno norteamericano. Me aprecia sobremanera que mis dos hijos coleccionen tus canciones, como muchos hijos rebeldes de la América: de hecho aceptan una idea, también tu invitación, como miles, millones de cubanos.A quienes me leen, propongo tu artículo extraído de Cubadebate, quienes gentilmente colocan un boletín cada día en mi correo electrónico.
INVITACION
Creo que la Revolución Cubana dignificó a nuestro país y a los cubanos. Y que el Gobierno Revolucionario ha sido el mejor gobierno de nuestra Historia.
Sí: antes de la Revolución La Habana estaba mucho más pintada, los baches eran raros y uno caminaba calles y calles de tiendas llenas e iluminadas. Pero ¿quiénes compraban en aquellas tiendas? ¿Quiénes podían caminar con verdadera libertad por aquellas calles? Por supuesto, los que “tenían con qué” en sus bolsillos. Los demás, a ver vidrieras y a soñar, como mi madre, como nuestra familia, como la mayoría de las familias cubanas. Por aquellas avenidas fabulosas sólo se paseaban los “ciudadanos respetables”, bien considerados en primer lugar por su aspecto. Los harapientos, los mendigos, casi todos negros, tenían que hacer rodeos, porque cuando un policía los veía en alguna calle “decente”, a palos los sacaban de allí.
Esto lo vi con mis propios ojos de niño de 7 u 8 años y lo estuve viendo hasta que cumplí 12, cuando triunfó la Revolución.
En la esquina de mi casa había dos bares, en uno de ellos, a veces, en vez de cenar, nos tomábamos un batido. En varias ocasiones pasaron marines, cayéndose de borrachos, buscando prostitutas y metiéndose con las mujeres del barrio. A un joven vecino nuestro, que salió a defender a su hermana, lo tiraron al suelo, y cuando llegó la policía ¿con quién creen que cargaron? ¿Con los abusadores? Pues no. A patadas por los fondillos se llevaron a aquel joven universitario que, lógicamente, después se destacaba en las tánganas estudiantiles.
Ahí están las fotos de un marine meando, sentado en la cabeza de la estatua de Martí, en el Parque Central de nuestra Capital.
Eso era Cuba, antes del 59. Al menos así eran las calles de la Centrohabana que yo viví a diario, las del barrio de San Leopoldo, colindante con Dragones y Cayo Hueso. Ahora están destruidas, me desgarra pasar por allí porque es como ver las ruinas de mi propia infancia. Lo canto en “Trovador antiguo”. ¿Cómo pudimos llegar a semejante deterioro? Por muchas razones. Mucha culpa nuestra por no haber visto los árboles, embelesados con el bosque, pero culpa también de los que quieren que regresen los marines a vejar la cabeza de Martí.
Estoy de acuerdo en revertir los errores, en desterrar el autoritarismo y en construir una democracia socialista sólida, eficiente, con un funcionamiento siempre perfectible, que se garantice a sí misma. Me niego a renunciar a los derechos fundamentales que la Revolución conquistó para el pueblo. Antes que nada, dignidad y soberanía, y asimismo salud, educación, cultura y una vejez honorable para todos. Quisiera no tener que enterarme de lo que pasa en mi país por la prensa de afuera, cuyos enfoques aportan no poca confusión. Quisiera que mejoraran muchas cosas que he dicho y otras que no.
Pero, por encima de todo, no quiero que regrese aquella ignominia, aquella miseria, aquella falsedad de partidos políticos que cuando tomaban el poder le entregaban el país al mejor postor. Todo aquello sucedía al tibio amparo de la Declaración de los Derechos Humanos y de la Constitución de 1940. La experiencia pre-revolucionaria cubana y la de muchos otros países demuestran lo que importan los derechos humanos en las democracias representativas.
Muchos de los que hoy atacan la Revolución, fueron educados por ella. Profesionales emigrados, que comparan forzadamente las condiciones ideales de “la culta Europa”, con la hostigada Cuba. Otros, más viejos, quizá alguna vez llegaron a “ser algo” gracias a la Revolución y hoy se pavonean como ideólogos pro capitalistas, estudiosos de Leyes e Historia, disfrazados de humildes obreros. Personalmente, no soporto a los “cambiacasacas” fervorosos; esos arrepentidos, con sus cursitos de marxismo y todo, que eran más papistas que el Papa y ahora son su propio reverso. No les deseo mal, a nadie se lo deseo, pero tanta inconsistencia me revuelve.
La Revolución, como Prometeo (le debo una canción con ese nombre), iluminó a los olvidados. Porque en vez de decirle al pueblo: cree, le dijo: lee. Por eso, como al héroe mitológico, quieren hacerle pagar su osadía, atándola a una remota cumbre donde un buitre (o un águila imperial) le devore eternamente las entrañas. Yo no niego los errores y los voluntarismos, pero no sé olvidar la vocación de pueblo de la Revolución, frente a agresiones que han usado todas las armas para herir y matar, así como los más poderosos y sofisticados medios de difusión (y distorsión) de ideas.
Jamás he dicho que el bloqueo tiene toda la culpa de nuestras desgracias. Pero la existencia del bloqueo no nos ha dado nunca la oportunidad de medirnos a nosotros mismos.
A mí me gustaría morir con las responsabilidades de nuestras desdichas bien claritas.
Por eso invito a todos los que aman a Cuba y desean la dignidad de los cubanos, a gritar conmigo ahora, mañana, en todas partes: ¡Abajo el bloqueo!
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