martes, 22 de agosto de 2017

Las historias de Rosa y Jane



Texto y gráfico José Gilberto Valdés
Rosa es una cubana que no conoce a Jane, la norteamericana. Es una lástima.
Mi compatriota ha vivido la mayor parte de su vida bajo un cruel bloqueo de los EE UU, pero ha salido adelante. Nació en una familia humilde, de obreros agrícolas, pero gozó de las mismas oportunidades de hombres y mujeres que en la Isla pueden multiplicar sus conocimientos desde la primaria hasta la Universidad de manera gratuita, sin importar la raza blanca, mestiza o negra y mucho menos discriminada por su credo.

Hoy,  desde el punto de vista demográfico, ella es una de las seis de cada diez técnicos y profesionales del país (maestros, médicos, ingenieros, investigadores, etc.), además de estar presentes en puestos de responsabilidad en las empresas y  cargos de dirección gubernamentales y políticos.
Si Jane hablara sobre el tema con Rosa, tendría que mostrar un grupo de facturas y un abrumador endeudamiento bancario que adjunta a su título cuyo costo en una universidad pública rondaría los 13 mil dólares al año, lo cual no cubre hospedaje, alimentos, ni libros. Sin contar los empleos a tiempo parcial para sobrevivir.
Mucho tendría que confesar  la manera que ha tenido que enfrentar humillaciones de propuestas por un puesto de trabajo en el mercado laboral, lógicamente  con un salario medio inferior –apenas el 80 % al del hombre--, discriminaciones, estereotipos y la incertidumbre del despido.
Los Artículos 41 y 42 de la Constitución cubana fijan la igualdad de derechos entre mujeres y hombres y penalizan cualquier “discriminación por motivo de raza, color de la piel, sexo, origen nacional, creencias religiosas y cualquier otra lesiva a la dignidad humana”.
Nada es casual en tiempos de Revolución. Todo es causa consecuente de una política emancipadora y de justicia para los cubanos y las cubanas. Por tales razones, Rosa puede mostrar mucho más beneficios en la sociedad que contrariedades, en una población con rezagos de machistas por defecto en los propios núcleos familiares y en la cual es necesaria enfrentar contratiempos del día a día en la atención al hogar.
Entre los cambios engendrados al triunfo sobre la dictadura de Fulgencio Batista en enero de 1959, la mujer cubana fue la prioridad inmediata, con la creación, en 1960, de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), cuya presidenta fue Vilma Espín, destacada combatiente de la clandestinidad y la Sierra Maestra.
Fidel, en su primer discurso en Santiago de Cuba liberado, destacó: Es un sector de nuestro país que necesita también ser redimido, porque es víctima de la discriminación en el trabajo y en otros aspectos de la vida […]. Cuando se juzgue a nuestra revolución en los años futuros, una de las cuestiones por las cuales nos juzgarán será la forma en que hayamos resuelto, en nuestra sociedad y en nuestra patria, los problemas de la mujer, aunque se trate de uno de los problemas de la revolución que requieren más tenacidad, más firmeza, más constancia y esfuerzo”.
Una de las primeras tareas de la FMC fue luchar contra la explotación sexual, sacar a la mujer de las garras del analfabetismo y acompañarlas en el proceso de superación personal, además de facilitarle el acceso a un empleo digno de la sociedad. La esperanza de vida es de 80 años, cifra comparable con países del llamado mundo desarrollado, en tanto disponen de un sistema gratuito para su salud y en la formación de la familia.
Puede de esta forma Jane, la norteamericana, conocer las diferencias de la cubana Rosa en una sociedad perfectible, aun mucho más, en torno a la presencia de la mujer en todas la esferas de la vida política, económica, social y cultural.



No hay comentarios:

Publicar un comentario